Por Manuel Juliá
En mi casa me enseñaron a creer en el mensaje de Cristo. Desde que tuve uso de razón en mí memoria se fue asentado la penumbra serena de la iglesia, el mármol relajante, la luminosidad de las velas en la mañana oscura, el rostro del Cristo clavado en la cruz, con unos lánguidos ojos que miraban al cielo, la oraciones colectivas, que enseguida desactivé a favor del diálogo en mi interior y las demás imágenes de aquellos que tuvieron en su vida el premio profundo de la santidad. Me llenaron mi infancia de palabras de amor, de mensajes de respeto al prójimo y silenciosos diálogos con Dios al que pedía hasta ganar en los partidos de fútbol o aprobar con matrícula los exámenes (a Dios rogando y con el mazo dando, me dijo un día un sacerdote al que conté en confesión mis materialistas peticiones). Con el tiempo, esa luz se apagó dentro de mí. Caí en el hondo pozo de una verdad ajena, en la que, aunque seguía entregándome a los demás, faltaba la mirada del Dios perdido y el mensaje del Cristo, que sustituí por muchas estanterías de libros que hablaban de la revolución y el proletariado, de la economía de masas y de la sombra del partido llegando a todos lados, además de la divinización de los victoriosos líderes que nos parecían sobrehumanos. Dios se escondió en mis ojos sin luz y en mi pecho sin alma. Cierta desazón de ausencia me acompañaba, cierta tristeza que buscaba su causa. Pero lo que murió con el tiempo, con el tiempo ha vuelto a mí. Cuando oteo en mi destino siento un lejano silencio en el que podré escuchar la palabra que me llena. Ahora vuelvo a estar con Él, y por lo tanto conmigo, no solo desde la fe, también desde el racionalismo filosófico. Recomiendo a cualquiera la lectura de los diálogos entre el Cardenal Montini y Humberto Eco. Esta recuperación me hace muy feliz, porque siento que mis padres, desde el viento de su ausencia, sienten que las palabras hermosas y verdaderas no mueren porque siempre regresan. Amé al Papa Francisco y en éste, León, también encuentro esa dulzura del amor, esa comprensión del sufrimiento humano, ese mensaje que dentro de mí germina con la certeza de que el amor es la verdadera luz de Dios.


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