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Dike, la Justicia, y Montesquieu huyeron desesperados al cielo
Publicado por Antonio Marco 
el 16 de diciembre de 2025

Por Antonio Marco

Publicado el 10 de diciembre de 2025 en el Decano de Guadalajara

Es un lugar común en muchas culturas que la vida del hombre sobre la Tierra comenzó en una época de felicidad y absoluta placidez, luego interrumpida por su amoral comportamiento, que desde entonces no ha cesado de ir a peor. Estas creaciones no son sólo literarias, sino que forman parte de las ideas del imaginario cultural general. Se corresponden con el mito bíblico del’“paraíso terrenal’ de origen sin duda mesopotámico, del de la ‘islas de los afortunados’, el del ‘buen salvaje’, el que ha inspirado las muchas ‘utopías’ que han ido apareciendo o los diversos proyectos de legislación y constituciones de las polis, de las ciudades o sociedades democráticas. La Antigüedad grecolatina lo expresó bellamente con el mito de ‘las edades del hombre’, desde la primera de oro y felicidad hasta la nuestra de duro y fiero hierro si no de barro envenenado. Hesiodo, Arato, Virgilio, Tibulo, Horacio, Ovidio, todos ellos lo cuentan con alguna variación, algunos hablan de edades y otros de razas, pero el fondo de la cuestión es el mismo, el deterioro de la justicia en la sociedad y con ello de la felicidad del hombre sobre la tierra.

En la mitología griega Dike es la diosa y personificación de la justicia, representada a veces con una balanza y una espada, que vigila y guía a los hombres por el camino de la rectitud.

A riesgo de parecer este un artículo para eruditos, permítanme que cite textualmente a Arato de Solos que vivió entre los años 310 y 240 a.C., autor del famoso poema didáctico astronómico ‘Fenómenos’, uno de los libros más difundidos y traducidos en la Antigüedad, en el que nos explica los catasterismos o conversión o transformación de dioses, seres heroicos, hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas, en constelaciones. En los versos  96-136 nos describe la constelación de la Virgen, que es la Justicia, que habitó entre los hombres en los tiempos honrosos y escapó al cielo a la vista de las maldades de los hombres, que no dejaban de ser progresivas. Nos dice Arato:

«Bajo los pies del Boyero (una constelación) puedes observar a la Virgen (la constelación de Virgo del zodiaco), que sostiene en la mano una espiga floreciente. … antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente».

Naturalmente esto ocurría en la edad de oro; luego con la edad de plata empeora la relación aunque todavía se mantiene en parte, con la de bronce, material con el que los hombres fueron «los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos…»,  «la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo». Arato no imaginó na edad peor que la del bronce pero otros poetas conocieron después ‘la edad de hierro’, todavía más dura y violenta y recientemente nos vemos obligados a temer otra todavía peor, la de las armas de destrucción masiva, la de los misiles nucleares.

En resumen, la Justicia huyó al cielo asqueada de las maldades de los hombres. Solo en contadas ocasiones baja a la tierra a dar nuevos ánimos a las buenas personas que de vez en cuando aparecen y se atreven a levantar la cabeza. Así fue por ejemplo cuando nuestros maestros los griegos de Atenas, a los que tanto debemos, inventaron la democracia. Como duró poco, la Justicia huyó de nuevo a los cielos. Desde entonces ha vuelto en contadas ocasiones.

A nuestro país, a España, regresó sin duda cuando hace 50 años murió el dictador Franco y hace 47 los ciudadanos aprobaron unas normas y leyes que proclamaban derechos, libertades, justicia y bienestar para todos. Pero desde entonces algunas cosas han ido empeorando y no hace tanto voló de nuevo al cielo y esta vez no lo hizo sola. Algunos hombres, especialmente algunos europeos como el francés Montesquieu, que vivió de1689 a 1755, habían pensado que dado que la sociedad de los hombres es muy compleja, si unos fueran los que hacen las leyes, otros los que gobiernan de acuerdo con ellas y otros los que corrigen a los ciudadanos que no las cumplen, ninguno tendría todo el poder, se equilibrarían unos con otros y todos viviríamos en paz y más felices. Desde entonces algunas naciones y algunos hombres han trabajado para mantener ese reparto del poder que los juristas etiquetan como legislativo, ejecutivo y judicial. Si se respeta el reparto suele darse una época de tranquilidad, de buen gobierno, de bonanza mejor repartida; si alguno de los poderes y su grupo ocupa espacios que no le corresponden, surgen los problemas, los abusos de unos u otros, las disensiones, las confrontaciones y los enfrentamientos, que en el peor de los casos ahora ya no son con armas de bronce o de hierro sino con armas mucho más poderosas, con misiles explosivos muy destructivos e incluso con bombas nucleares con capacidad para borrar a la humanidad de la faz de la tierra. Cada día es más difícil, pues, que la Justicia vuelva a habitar entre nosotros.

Incluso sin llegar a esos momentos de extrema gravedad, esta Justicia, la Virgen Dike como la llamaban nuestros queridos griegos, en su último viaje a nuestro país se ha sentido muy molesta y afectada. Aquí se encontró circunstancialmente, digamos que en Madrid pero podría haber sido en cualquier otro sitio, con Montesquieu, que vino una vez más y no pierde ocasión de explicar su teoría a los ciudadanos. Observaron juntos y  desolados cómo en muchas ocasiones en los últimos años el poder ejecutivo intenta controlar absolutamente al legislativo e influir en el judicial y su composición, cómo el legislativo fuerza la aritmética de los votos parlamentarios con sumas de difícil explicación y amparado en su impunidad critica más allá de lo razonable a los otros dos, cómo el legislativo, que debía ser absolutamente independiente y sacrosanto, se manifiesta públicamene, revestido de sus togas, medallas e ínfulas, contra el mero anuncio de posibles leyes todavía inexistentes que no son del agrado de unos cuantos, o fabrica procedimientos burocrático-judiciales de nula o endeble justificación contra detentadores del poder ejecutivo que no les agradan, (todavía no se ha atrevido a hacerlo directamente con el legislativo), o hacen públicas condenas de autoridades esenciales sin hacer pública el resto de la sentencia que justifica la condena. En la fecha en que escribo este artículo han pasado más de 17 días desde que el Tribunal Supremo condenó al Fiscal General del Estado sin que nos hayan contado al resto de ciudadanos por qué y cuáles son las causas evidentes de su delito, lo que desde luego es una clara ‘anomalía’ por ser suaves en el calificativo, porque si le diera su sentido etimológico primitivo sería una ‘ilegalidad’, porque el término griego ‘nomos’ significa precisamente ‘ley’.

Dike y Montesquieu coinciden en que las cosas no van bien y que es muy difícil vivir entre nosotros, así que han decidido de común acuerdo volar de nuevo al cielo, no sin antes dar buenos consejos a los ciudadanos para que cambien las cosas a mejor y puedan retornar alguna vez. Es cierto que algunos, muchos ciudadanos, les escuchan con esperanza porque saben que la mayoría de hombres justos podría tener la solución con su participación democrática en las sucesivas elecciones que todavía se mantienen, pero ven también con desesperación que irresponsables ejecutivos, legislativos y judiciales malean cuanto pueden la información con lo que hoy en el lenguaje del imperio se llama fake news y que en nuestro español claro y simple son  peligrosas mentiras.

No piensen los lectores que reparto por igual las culpas entre los injustos actores de los tres poderes. Como nos enseñó el filósofo griego más famoso, Platón, «la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo» (La República, 361a). Todos debemos ser justos, claro está. Tal vez estaría Platón pensando en los jueces, que revestidos de sus togas, collares y medallas, en algunos países de llamativas e incomprensibles pelucas, impresionan en su apariencia y de los que no nos podemos permitir dudar ni suponerles ninguna debilidad. Sin duda son los ciudadanos más injustos los jueces que parecen justos sin serlo. ¿Cuántos son así? Ojalá sean pocos, aunque su capacidad de influir sea mucha.Todavía quedan ingenuos, tal vez yo sea uno de ellos, que creen que las cosas pueden mejorar. Precisamente escribo estas líneas al día siguiente de conmemorarse y celebrarse cuarenta y siete años de la aprobación de nuestra Constitución, la más larga y mejor de nuestra historia, la que acabó con el poder del gobernante dictador porque sanciona que el poder está en el pueblo  y en nadie más.

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