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Las dos Españas le helaron el corazón
Publicado por José María Barreda 
el 9 de diciembre de 2025

Por José María Barreda

Publicado en El País el 6 de diciembre de 2025

La historia de José Castillejo es la historia de aquellos que defienden la moderación y la democracia en tiempos de polarización totalitaria

Hace ochenta años murió en Londres José Castillejo. Alumno predilecto de Francisco Giner de los Ríos, fue clave en la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) de la que fue secretario desde 1907 a 1934. También tuvo un papel destacado en la célebre Residencia de Estudiantes y en el conjunto de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Reformista liberal, confiaba utópicamente en el poder transformador de la educación. Ramón Carande le llamó “el último vástago de la Ilustración”. Cuando estalló la guerra y desapareció toda posibilidad de un poder moderado, limitado por la ley, quedó desamparado, pues ninguno de los dos bandos le reconocía de los suyos. De hecho, por utilizar la terminología unamuniana, le quisieron matar los hunos y los hotros.

En el torbellino de adhesiones inquebrantables a la revolución o a la santa intransigencia, quienes no comulgaban con las ruedas de molino de ninguna facción eran empujados a la hoguera, como el Dios del Apocalipsis arrojaba a los tibios de su boca.

Aunque Castillejo siempre se mantuvo en un discreto segundo plano, según Ramón y Cajal, Cossío, Jiménez Fraud y demás nombres conocidos de la ILE, ni la Junta ni la Residencia de Estudiantes hubieran podido funcionar sin su eficaz administración y su capacidad negociadora.

Este discreto anonimato no fue óbice para que en 1938 Joaquín de Entrambasaguas le llamara “forajido” en un libro publicado por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS. Al año siguiente, Enrique Suñer, presidente del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, le calificó como “el hombre más funesto nacido en España”. Ambos le acusaban de ser, como miembro destacado de la ILE, “el origen de la catástrofe actual” (se refieren a la guerra) y “responsable de esta serie de espeluznantes dramas” generados por los “llamados a sí mismos, pedantescamente, intelectuales”.

Por supuesto, si no se hubiera marchado de España, los vencedores de la guerra le hubieran fusilado sin titubear. Como estuvo a punto de sucederle en 1936, en esa ocasión por las armas de milicianos de la federación de enseñanza de la UGT.

El 18 de julio, Castillejo estaba en Ginebra y volvió a Madrid para ponerse a disposición del Gobierno republicano. Para entonces, como escribió más tarde, “la débil sombra del Gobierno, que había sobrevivido a la dura prueba de los cinco meses precedentes, ya se había esfumado”. Se refería al “fuego cruzado de la primavera del 36”, por utilizar un título de Fernando del Rey. Una vez que estalló la guerra, el Gobierno, como le dijo el ministro de Instrucción Pública, dejó de controlar la situación.

Al llegar a Madrid le informaron de que su nombre figuraba en una lista de “fusilables” publicada por el diario caballerista Claridad. Cuando Castillejo se encomendó al ministro de Instrucción Pública, Francisco Barnés, militante de UGT y ex colaborador del Instituto-Escuela, este le confesó su impotencia para garantizarle la vida y le recomendó que saliera de España enseguida pues “no quiero su muerte en mi conciencia”.

Antes de que pudiera salir del país, se presentaron en su casa cuatro hombres armados con la intención de darle “el paseo”. Se trataba de profesores, conocidos suyos, convertidos en justicieros revolucionarios. Felizmente, la intervención de Barnés y de Ramón Menéndez Pidal evitó su ejecución.

Esos días de tensión y miedo dejaron huella. Cuando por fin llegó a Londres, su mujer encontró “un hombre viejo, de hombros encorvados y ojos atemorizados”, que solo pudo decir: “Quisieron matarme”. En su libro de memorias, Respaldada por el viento, su viuda, Irene Claremont, escribió que después de aquella experiencia nunca recuperó su vitalidad.

¿Pero quién era José Castillejo para suscitar tanto odio de tirios y troyanos?

Un pacífico catedrático de Derecho Romano fascinado por la educación inglesa hasta casi la caricatura. Un pedagogo reformista que soñaba con modernizar España mejorando y expandiendo una buena educación por todo el país, preparando una minoría selecta que, desde la Institución Libre de Enseñanza, mejoraría la ciencia y llevaría buenos profesores por toda la geografía nacional. Un regeneracionista bien intencionado, embarcado en una “misión pedagógica” permanente.

Castillejo, como Ortega —“España es el problema, Europa la solución”— consideraba de vital importancia las pensiones en el extranjero para que el espíritu y la perspectiva de los jóvenes se ensanchara y, en palabras de Antonio Machado, dejaran de despreciar cuanto ignoraban, provocando, como recogían los objetivos de la Junta, “una corriente de comunicación científica y pedagógica con el extranjero”.

Pero los guardianes de las esencias, como en tiempos de Felipe II, veían con temor la contaminación de las ideas que circulaban más allá de los Pirineos. Enrique Suñer, el gran depurador, describió en 1940 a la ILE como Una poderosa fuerza secreta y lamentaba que “conforme aumentaba el volumen de becarios y de los pensionados, crecía el de los indiferentes en materia religiosa y el de los perturbadores del orden y del Estado”.

En definitiva, los fascistas reprochaban a Castillejo ser un agente “descatolizador” y un elemento contaminante de su idea de patria, germen de la revolución.

Los socialistas, por su lado, le consideraban un burgués elitista, un reformista contrario a subvertir el orden violentamente. En efecto, Castillejo, como Giner, abominaba de la revolución y consideraba que era consecuencia de la impotencia del diálogo, de la moderación y la tolerancia; en definitiva, un fracaso de la democracia.

Para Castillejo, la evolución de la política española y el contexto internacional hicieron que la democracia liberal fracasara. Según él, la polarización extrema explica por qué “millones de españoles lucharon contra el comunismo, aunque solo una pequeña minoría de entre ellos fueran fascistas, y por qué otros tantos lucharon contra el fascismo, aunque solo unos pocos de ellos fueran realmente comunistas”.

Tras la proclamación de la República mantuvo una postura crítica en sus colaboraciones en El Sol que, aunque eran constructivas, le granjearon la animadversión de los fanáticos. Castillejo fue coherente con el papel que atribuía a los intelectuales en una democracia: “Controlar las pasiones públicas, rectificar los dogmas de partido, apoyar con la discusión libre y la diversidad de ideas y oponer la verdad innegociable a la propaganda tendenciosa, pero solo pueden hacerlo si no están al servicio de un grupo y no tienen que halagar a los electores o a los líderes”.

Ejercer su libertad le costó la incomprensión, y la animadversión, de unos y otros. En 1936 quisieron fusilarle los milicianos y en 1939 lo hubieran hecho los franquistas si no llega a exiliarse.

En su ensayo Democracias destronadas, observando cómo en los años treinta las democracias se hundían, escribió que, cuando la república democrática se derrumbó, España libró una guerra civil entre las dos alternativas que se le ofrecían: “Medio país pensaba que el gran enemigo de la libertad era el comunismo, mientras que la otra mitad creía que era el fascismo”.

En la posguerra —esa situación incierta que no es equivalente a la paz— vencedores y vencidos le condenaron a una especie de damnatio memoriae. Los primeros por verdadera persecución ideológica, los segundos sencillamente porque no había militado en sus filas y osó ser crítico.

En el esfuerzo por recuperar la memoria democrática, es importante rescatar figuras como la de Castillejo, uno de los “españolitos” en los que se cumplió la profecía de Machado, pues forma parte de la pedagogía necesaria de la tolerancia y la libertad.

Castillejo recordó que el término “liberal” fue inventado en España a comienzos del siglo XIX definiéndose por oposición a su antónimo: “Servil”. Lo que él nunca fue.

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