Lo que dijo el Rey sobre la conquista de América

Por Agustín Conde Bajén

Publicado en eldebate.com el 21 de marzo de 2026

El pasado día 16, SM el Rey pronunció unas palabras sobre la actuación de los españoles en la américa recién descubierta que han causado cierta polémica. Cuando leo lo que el Rey ha dicho, compruebo que poco tiene que ver con lo que sus críticos dicen que dijo. ¿Qué afirmó el Rey don Felipe? Dijo que «los propios Reyes Católicos, la reina Isabel, con sus directrices, las leyes de Indias, demostraron un afán de protección» [aunque] «luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho abuso». Dijo también que «hay cosas que cuando se estudian y se miran con nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos». Añadió que todo eso hay que analizarlo «en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral», y que «hay que sacar lecciones ante las controversias morales y éticas que hubo sobre cómo se ejerció el poder desde el primer día».

Sobre estas palabras, que cito literalmente, algunos han construido una crítica al Rey acusándolo de ponerse del lado de la Leyenda Negra, o de socavar el prestigio de España. No necesita SM el Rey que se le defienda, y menos puede ser quien firma estas líneas quien se erija en su campeón en la contienda, así que me limitaré a decir que, en mi modesta opinión, nada de lo dicho por el Rey es falso y en nada perjudica a España. Al contrario, lo que el Rey ha hecho es recordar que la actuación de la Corona Española en América fue un ejemplo de moralidad, con independencia de que hubiera actos concretos que claramente pueden ser calificados de abusos.

Cuando los primeros españoles llegaron a América, encontraron pueblos en un estado de muy primitivo desarrollo. Era ahí común el canibalismo, se desconocía la escritura y hasta la rueda. No faltaron quienes discutieron por ello incluso la naturaleza humana de los indios que allí habitaban. Desde el mismo comienzo de la conquista, hubo españoles que defendieron la dignidad de los indios y su carácter de seres libres. Fueron dominicos españoles quienes influyeron en el Papa, que era el llamado a pronunciarse al respecto, para que Paulo III dictara la Bula Sublimis Deus en 1537, en la que se reconocía la naturaleza humana y de seres libres de los indios. Pero antes incluso de que el Papa hablara, fue la Corona Española quien con mano firme defendió la dignidad de esos nuevos súbditos. Isabel la Católica prohibió el 20 de junio del año 1500 la esclavitud de los indios, ordenando que fueran devueltos a sus tierras aquellos que fueron esclavizados y traídos a España. En su testamento, en 1504, escribió que «no consientan ni den lugar que los indios reciban ningún agravio en sus personas ni en sus bienes». A pesar de eso hubo abusos, y no es que lo diga ahora el Rey don Felipe VI, es que lo dijo en 1511 fray Antonio de Montesinos en un famoso sermón que hizo que el Rey Católico, don Fernando II de Aragón, regente de Castilla en ese momento, dictara las Leyes de Burgos en 1512, que eran un tratado de treinta y cinco leyes que recogían los derechos de los indios. Allí no solo se decía que eran hombres libres, sino que se concretaban derechos que hoy consideraríamos de plena actualidad. Por ejemplo, se prohibía el trabajo infantil o el de las embarazadas a partir del cuarto mes de gravidez, o el de las madres hasta pasados tres años del alumbramiento. Hoy el permiso de maternidad no llega a cinco meses.

A pesar de esas leyes, hubo abusos en las encomiendas. Y tampoco es que sea algo que dice hoy don Felipe VI, es que lo dijeron fray Bartolomé de las Casas y fray Francisco de Vitoria, lo que llevó al Emperador Carlos V a dictar las Nuevas Leyes de Indias en 1542 en las que, entre muchas otras cosas, abolía las encomiendas. Lamentablemente, esas Leyes Nuevas no llegaron a estar vigentes. Los Virreyes, alegando que eran inaplicables, las mandaron publicar, pero añadiendo al pie la frase «se acate, pero no se cumpla». De nuevo hubo abusos en las tierras americanas, y de nuevo no es algo que diga ahora don Felipe VI, sino que lo siguió diciendo De Las Casas; y otra vez intervino la Corona para estudiar la situación en América. El Rey don Felipe II convocó la célebre Junta de Valladolid entre los años 1550 y 1551 para hacer que se analizara el asunto, e incluso para decidir si España tenía derecho a dominar América; si la corona tenía o no justos títulos para esa conquista, y ello incluso a pesar de que el Papa Alejandro VI había ya dictado en 1493 las cuatro bulas conocidas como las Bulas Alejandrinas que reconocían el derecho de España y de Portugal a adueñarse de las tierras recién descubiertas. El Rey ordenó que se paralizara toda conquista en tanto no concluyera la Junta. No existe precedente, ni antes ni después de aquella fecha, en el que pueda encontrarse una potencia, digamos colonial, que examine la legitimidad de sus conquistas y sus deberes para con los naturales de las tierras conquistadas. Desde luego, nada semejante hicieron ni los imperios británico, ni el francés, ni la corona belga, ni los propios Estados Unidos, incluso siglos después de la fecha en que los españoles así actuaban.

De aquella disputa de Valladolid surgió el moderno derecho de gentes, el más concreto precedente de la teoría de los Derechos Humanos, y tuvo como resultado práctico que desde entonces sí se aplicaran las Leyes Nuevas de Indias en el territorio americano.

Visto lo anterior, podemos ahora hacernos algunas preguntas. ¿Dijo SM el Rey Felipe VI algo falso cuando sostuvo que hubo abusos en América a pesar de los esfuerzos de la Corona por impedirlos? No, dijo la verdad emanada de la Historia. ¿Decir lo que dijo perjudica la imagen de España? Al contrario. Cuando hizo referencia a las «controversias morales y éticas» y a «como se ejerció el poder desde el primer día» está señalando el inmenso esfuerzo de España por someter a criterios de justicia y de moral su actuación en aquellas tierras, algo que no tiene comparación posible con ninguna otra potencia de entonces ni de siglos posteriores. Lo que hace el Rey, al contrario de lo que algunos han dicho, es señalar la inmensa labor civilizatoria de España en América (y repito y resalto lo de «civilizatoria»). SM el Rey no pidió perdón por nada de lo hecho por España hace cinco siglos, entre otras cosas porque eso de pedir perdón por cosas de medio mileno atrás es ridículo, además de absurdo por inútil.

Y ahora, me permitirán los lectores un pequeño añadido vista la reacción de alguna torpe dirigente mexicana. Cuando México alcanzó su independencia en 1821, la población indígena del Virreinato de Nueva España era del 60 %, y ese mismo porcentaje hablaba las lenguas originarias. Hoy la población indígena es el 19,4 %, y solo el 6,1 % habla esas lenguas. El México independiente tardó menos de treinta años desde su independencia en perder el 55 % de su territorio frente a los EE.UU., lo que se consumó en el tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848. El México que dejó España era una de las regiones más ricas del mundo en 1821. Hoy México es el país número 66 por renta per cápita. Si alguien tiene que pedir perdón a los mexicanos, me da la impresión de que ese alguien tiene pasaporte mexicano y les da la tabarra todas las mañanas en sus interminables ruedas de prensa.

Jesús Fuentes en el recuerdo

Por José María Barreda

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real el 8 de febrero de 2026

Recién salido del hospital tras una importante operación de corazón, me llegó la noticia del fallecimiento de Jesús Fuentes. Me impresionó. Sólo unas semanas antes le llamé para pedirle un favor: Me había comprometido con Peridis en presentar en la biblioteca del Alcázar su último libro, pero me citaron para la intervención quirúrgica. Enseguida pensé en Jesús para que fuera él el presentador, de acuerdo con Peridis que se mostró encantado. Con su generosidad habitual, Jesús aceptó en seguida pues su relación con la cultura y la Biblioteca siempre ha sido muy intensa.

La presentación fue el 15 de enero y, gracias también al buen hacer del infatigable Alfonso González Calero, resultó un éxito. Al día siguiente, apenas veinte días antes de su fallecimiento, me escribió muy cariñoso contándome el acto, deseándome que la operación fuera bien y diciendo que se habían acordado de mí. No conocía entonces el estado de su salud, que ha llevado hasta el último momento con estoicismo castellano.

Es mi último recuerdo. Ahora soy yo quien le recuerda. Recordar, lo dice la etimología, es «volver al corazón «. Vuelve Jesús a mi corazón recién renovado y recuerdo que desde que nos conocimos en 1980, de la mano de Juan Pedro Hernández Moltó, que fueron a buscarme al Colegio Universitario de Ciudad Real, nos «caímos» muy bien. Se estaba organizando en la Región «aquel PSOE». Yo valoraba su cultura literaria e histórica.

Desde diciembre de 1982, con ocasión de la victoria del PSOE, hasta mayo de 1983, cuando se celebraron las primeras elecciones autonómicas, fue presidente de Castilla-La Mancha. Jesús fue también secretario general del Partido en la Región, diputado, senador y muchas cosas más. Pero no quiero referirme ahora a su trayectoria política, siempre coherente y leal pese a los inevitables sinsabores ( es un eufemismo) que esta actividad recoge de adversarios y correligionarios. Le recuerdo, lo «vuelvo al corazón», como un toledano por los cuatro costados, de carne y hueso, no un «hombre de palo», no bebiendo de ningún «pozo amargo» de rencor, ni clavando «alfileritos» de amargura sino colaborando activa, felizmente ,en la vida social y cultural de la ciudad que tanto ha amado.

Compañero y paisano «Jesús», que tus «Fuentes» de buen hombre se desborden, fluyan con libertad hacia el Tajo y consigan que sus aguas vuelvan a ser las puras y cristalinas que cantó Garcilaso.

Cuando hablan las armas se callan las leyes (silent leges inter arma)

Por Antonio Marco;

Publicado en El Decano de Guadalajara el 12 de enero de 2026

En estos días son numerosos los ciudadanos que se sienten asombrados, estupefactos y algunos hasta abatidos por la flagrante vulneración del ‘derecho internacional’ que el Presidente ‘Emperador’ de Estados Unidos, Donald Trump, ha cometido al secuestrar violentamente en Venezuela a su Presidente, Nicolás Maduro, y trasladarlo esposado a Nueva York para someterlo a un preanunciado proceso judicial utilizando el enorme poder de su ejército. La acción por novelesca y cinematográfica que parezca hace volar por los aires el frágil edificio del mínimo derecho y mínimas normas que deben regir las relaciones y la convivencia de las naciones y de los habitantes de este mundo tan convulso y complicado.

Pero la historia nos enseña miles de ejemplos de violencia y guerras desde la Antigüedad como para que a estas alturas nos sorprendamos ingenuamente. El famoso político, orador y abogado romano Cicerón nos legó en su discurso ‘En favor de Milón’ una expresiva sentencia o máxima bien conocida desde la Antigüedad: silent leges inter arma, cuando hablan las armas las leyes guardan silencio. Así ha sido a lo largo de la Historia: en las guerras el único derecho es el ius belliel de guerra, el de la fuerza, porque la guerra se hace precisamente para imponerse por la fuerza y violencia de las armas. ¿Quién, siendo más débil, puede frenar la voluntad absoluta del vencedor más fuerte?

La Historia, también la Antigua, nos sirve para conocer los hechos pasados, su génesis y su evolución hasta nuestros días; nos sirve, pues, para aprovechar los elementos positivos de lo ocurrido y no repetir errores. Es la clásica concepción, también de Cicerón, de Historia magistra vitaela Historia maestra de la vida.

Pues bien, resulta tentador y en algunos casos hasta estimulante por evidente la comparación y semejanza del imperio norteamericano actual con el Imperio Romano antiguo y algunas características narcisistas y megalómanas del presidente Donald Trump resultan muy similares al comportamiento personalista, autoritario, errático y endiosado de algunos emperadores romanos.

El imperio romano creció en unos pocos siglos desde un poblado de pobres cabañas de barro y pajas hasta dominar un imperio que se extendía desde Escocia a los desiertos de Siria dominando las dos orillas del Mar Mediterráneo al que coherentemente llamaron Mare Nostrum, Nuestro Mar. La historia de ese imperio es una historia de guerra permanente en la que el sonido de las armas no dejó de oírse y los breves intervalos de paz se cuentan con los dedos de las manos. Si la historia oficial nos cuenta que al principio lo que obligó a los romanos a la guerra fue la defensa frente a sus vecinos agresivos y amenazantes, a partir del siglo III a. C. y hasta el V de C., ochocientos años pues, fue la ambición insaciable de riquezas para el bienestar del ‘pueblo romano’ y de la situación personal y familiar de los líderes guerreros de unas pocas familias que tradicionalmente dirigieron la política de Roma. Sirva como un simple ejemplo de los cientos posibles conocer la principal razón por la que Julio César se lanza a la conquista de la Galia al otro lado de los Alpes: robar la suficiente riqueza a los galos para poder hacer frente a sus multimillonarias deudas contraídas en Roma; fueron ocho años de rapiña sin límite y de cientos de miles, varios millones para algunos historiadores, de galos y germanos muertos y masacrados sin piedad. Roma lleva la violencia, la guerra y la rapiña a todos los rincones, por apartados que estuvieran, del mundo conocido a cientos y aun miles de kilómetros, como hoy hace el imperio norteamericano; en determinado momento Roma tiene más de cincuenta legiones a lo largo de los cientos de kilómetros de la frontera del Rin, del Danubio y de los desiertos de Asia, con medio millón de soldados, como hoy el imperio americano tiene no menos de setecientas bases militares repartidas por todo el planeta.

La política de expansión romana es muy simple conceptualmente: acuden allí donde hay algo valioso, oro, plata, cereales, lana, soldados, esclavos que son absolutamente necesarios para su sistema esclavista; proponen un tratado desproporcionado a los habitantes del lugar cuya aceptación supone ser dominados pero cuyo rechazo implica la aniquilación. Todo esto nos suena realmente moderno.

Las acciones guerreras casi siempre victoriosas, a veces con costes inconmensurables, deben ser conocidas por los ciudadanos en la capital, en Roma o en Nueva York, para su aceptación y disfrute. Hoy son sofisticados medios de comunicación audiovisual perfectamente manejados y manipulados los que informan al ciudadano de la metrópoli americana y del mundo entero. Hemos visto una y otra vez hasta la saciedad al presidente de Venezuela, maniatado, cojeando, humillado, subir y bajar de uno a otro vehículo por tierra, mar y aire hasta quedar recluido en una cárcel de Nueva York. En la antigua Roma los instrumentos y canales de información al ciudadano eran las inscripciones de las monedas que corren por todas las manos transmitiendo mensajes de pura propaganda y sobre todo la grandiosa ceremonia y desfile del ‘triunfo’, máximo premio para el general, el imperator, que había conseguido incontable y asombroso botín y había matado al menos a cinco mil enemigos, requisito este necesario.

En un recorrido de cuatro kilómetros por la capital del mundo desfilaban los soldados con su general endiosado, se mostraban centenares de carros y animales cargados con el botín, se mostraban carteles, dibujos y gráficos explicativos del país y de la guerra ganada y arrastraban sus pies encadenados los cientos de soldados enemigos vencidos y  esclavizados y los cientos de rehenes obtenidos; pero el plato fuerte era sin duda ver humillado y vencido al rey o caudillo enemigo como máxima expresión del poder romano.

Los historiadores y escritores romanos y griegos nos han dejado decenas de descripciones de este desfile triunfal. Uno de los más espectaculares es el que celebró uno de los varios triunfos de Julio César en su lucha, en concreto con el líder galo Vercingétorix, al que arrastra en su procesión. Nos lo cuenta Plutarco. El galo, siguiendo una fórmula ritual y tradición de su pueblo, al sentirse vencido por el romano se despojó de sus armas, sus adornos y sus brazaletes de oro y se postró ritualmente ante él vencedor en un gesto celta de sumisión. César lo exhibió encadenado en su triunfo para inmediatamente arrojarlo al Tullianum, la infame, sucia y fría prisión subterránea de Roma en donde vivió seis años y finalmente fue ejecutado. Cincuenta años antes el cónsul y general Mario llevó en su desfile encadenado a Yugurta, rey de Numidia, en África. Tras esta humillante exhibición, fue arrojado al Tullianum, donde murió de hambre seis días después sin que se le ofreciera ni pan ni agua. Yugurta había sido traicionado por su aliado, el rey mauritano Boccho, y entregado al procónsul romano Sila, pero el triunfo era del jefe del ejército, del cónsul Mario. Por supuesto se aplica también lo que luego expresa la máxima latina, esta no romana sino posterior propia del common law anglosajón«male captus, bene tenetur», que significa «mal capturado, bien retenido» y que no se para a considerar si la detención es ilegal, doctrina igual a la llamada Ker-Frisbie emitida por la Corte Suprema de EE.UU en 1866. Esto nos lo cuenta Salustio. En algunos casos el poderoso romano podía mostrarse más generoso y perdonarle la vida al enemigo que no hizo sino defenderse de una agresión imperialista. Claro está, para el romano todos los extranjeros eran bárbaros, inferiores, despreciables; probablemente tenían en su mente la idea de que Roma, la Urbe, y el mundo, el Orbe, son exclusivamente para los romanos, como hoy para algunos ciudadanos del imperio América es solo para los americanos. Son muchas las semejanzas de aquellos tiempos con estos nuestros, que creíamos más civilizados.

En esos momentos de violencia guerrera no deja de ser un deseo bienintencionado el que otra máxima romana también de Cicerón nos expresa: cedant arma togaeque las armas se supediten al derecho, intentando exaltar la primacía del poder civil frente al militar, como cuando ahora piden los líderes mundiales asustados y sin capacidad de acción que cese la violencia y sea el diálogo y la diplomacia la que suavice la tensión y acabe con la guerra. Una y otra vez nos enseña la historia que toda guerra acaba con un vencedor, el más fuerte, que inmediatamente se cobrará con creces todo lo sufrido por su parte e impondrá su voluntad.

Nos parecía que en los últimos tiempos, de manera especial en el siglo XX en que la humanidad sufrió el terrible desgaste de dos guerras mundiales, con millones de muertos, millones de heridos y lisiados para toda la vida, y millones de personas sufriendo pobreza y miseria sin límite, la convivencia de los diversos pueblos se encaminaba por caminos más civilizados. Desde antiguo también, pero sobre todo a partir del siglo XVI, se va generando la teoría jurídica que justifica la necesidad de un derecho internacional. Es un proceso lento que se acelera a partir del desastre de la Primera Guerra Mundial con la creación de La Sociedad de las Naciones como respuesta a los horrores de la Primera Guerra Mundial (40 millones entre muertos y heridos). Esta Sociedad de Naciones fue incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial, ahora con entre 70 y 85 millones de muertos. Ahora se crea la ONU  como sucesora de la fallida Sociedad de Naciones, con el propósito principal de prevenir guerras futuras y promover la paz global y con ella instituciones de Derecho Internacional. Toda esta construcción esperanzadora que hasta hoy ha venido funcionando, aunque renqueando y de manera imperfecta e insuficiente está ahora puesta en cuestión y en dificultades por la falta de colaboración y hasta la oposición directa del Gobierno norteamericano liderado por Donald Trump. La desesperanza y preocupación se extiende como una nube negra por todo el planeta.

Hay algunos historiadores y estudiosos que consideran que los primeros creadores de un incipiente Derecho Internacional fueron los romanos con su Ius GentiuumDerecho de Gentes, y la creación del praetor peregrinus encargado de organizar las relaciones jurídicas del ciudadano romano con los muchos extranjeros con los que entran en contacto en Roma y fuera de Roma. Realmente no es así. Hay que conocer previamente que el Derecho Romano es sencillamente el Derecho que amparaba exclusivamente a los ciudadanos romanos, durante mucho tiempo una minoría en el Imperio. En esa sociedad del momento las relaciones existentes con las personas y naciones extranjeras son parte esencial que necesita regulación.

Si escuchamos los razonamientos de los pensadores antiguos que intentan fundamentar ese derecho que ampare a los extranjeros, podemos caer en un error: piensan algunos que ese derecho que ha de ser universal ha de existir por la igualdad de naturaleza de todos los hombres, pero cuando pasan de la teoría filosófica a la práctica jurídica, lo único que ese ius Gentium cuida y atiende son las relaciones privadas administrativas, comerciales y económicas entre ciudadanos romanos y extranjeros que han de ser garantizadas para que el romano extienda sus negocios por todo el mundo, pero siguen negando los derechos, que hoy llamaríamos humanos, al resto de habitantes. Y esto que parece tan antiguo nos vuelve a presentar su cara de absoluta modernidad en la práctica norteamericana. El derecho del imperio, el romano como el americano es solo de los ciudadanos romanos o americanos, pero necesita otro pragmático, expeditivo y fácil sin muchas complicaciones que dé cobertura a las necesarias transacciones y operaciones comerciales que permitan seguir negociando porque sin esas garantías mínimas tendrá difícil extender sus negocios. La consideración de la igualdad natural de todos los hombres es un obstáculo innecesario si lo que se busca es el bien particular exclusivo de un pueblo.

Y eso es lo que revela la acción del secuestro del presidente de Venezuela por la fuerza americana: se le detiene y se le juzga porque han de imponerse los derechos del ciudadano americano pero hay que mantener el que podemos llamar ius Gentium oeconomicum que  garantiza el petróleo, las tierras raras o lo que sea, derecho que como son los  poderosos lo interpretan y aplican como les interesa y si el bárbaro extranjero no lo acepta y colabora, el futuro será mucho peor, en algunos casos la aniquilación.

En conclusión, es seguro que el presidente Trump no conoce ni la historia de Roma ni el derecho romano ni el antiguo ius gentium, aunque muchos de sus colaboradores directos sin duda tienen el suficiente conocimiento adquirido en las universidades más prestigiosas del planeta. Pero Trump sí sabe que uno es el derecho y los derechos que ha de aplicar a los americanos y otro puramente comercial y pragmático que ha de aplicar a los venezolanos y a quién se ponga en medio, incluso de la amiga Europa, Groenlandia está en el punto de mira. Trump, sin saberlo, ha recuperado la doctrina de los antiguos romanos y ha revivido el antiguo ius Gentium. América para los americanos, pero el resto del mundo también.

Si alguien creía que la época de los imperialismos había acabado, estaba muy equivocado; no conocía o no era consciente de la presencia y ocupación militar y económica de Norteamérica en todo el mundo, más de doscientas bases o instalaciones militares solo en Europa, más de quinientas en el resto, ni creía que fuera posible la aparición de un dirigente megalómano y narcisista como líder de una casta de plutócratas engreídos cuyo objetivo es el poder absoluto.

Se anuncian malos tiempos, sin duda, pero es tan enorme la destrucción que estos plutócratas han iniciado y tal el miedo que infunden al planeta que probablemente han sembrado también el germen de la reacción de los demócratas. Así que es el momento de gritar de nuevo  «cedant arma togaeque las armas se supediten al derecho» y actuar en consecuencia hasta imponer el dominio de la razón.

(La imagen que ilustra esta entrada ha sido generada con herramientas de IA)

Dike, la Justicia, y Montesquieu huyeron desesperados al cielo

Por Antonio Marco

Publicado el 10 de diciembre de 2025 en el Decano de Guadalajara

Es un lugar común en muchas culturas que la vida del hombre sobre la Tierra comenzó en una época de felicidad y absoluta placidez, luego interrumpida por su amoral comportamiento, que desde entonces no ha cesado de ir a peor. Estas creaciones no son sólo literarias, sino que forman parte de las ideas del imaginario cultural general. Se corresponden con el mito bíblico del’“paraíso terrenal’ de origen sin duda mesopotámico, del de la ‘islas de los afortunados’, el del ‘buen salvaje’, el que ha inspirado las muchas ‘utopías’ que han ido apareciendo o los diversos proyectos de legislación y constituciones de las polis, de las ciudades o sociedades democráticas. La Antigüedad grecolatina lo expresó bellamente con el mito de ‘las edades del hombre’, desde la primera de oro y felicidad hasta la nuestra de duro y fiero hierro si no de barro envenenado. Hesiodo, Arato, Virgilio, Tibulo, Horacio, Ovidio, todos ellos lo cuentan con alguna variación, algunos hablan de edades y otros de razas, pero el fondo de la cuestión es el mismo, el deterioro de la justicia en la sociedad y con ello de la felicidad del hombre sobre la tierra.

En la mitología griega Dike es la diosa y personificación de la justicia, representada a veces con una balanza y una espada, que vigila y guía a los hombres por el camino de la rectitud.

A riesgo de parecer este un artículo para eruditos, permítanme que cite textualmente a Arato de Solos que vivió entre los años 310 y 240 a.C., autor del famoso poema didáctico astronómico ‘Fenómenos’, uno de los libros más difundidos y traducidos en la Antigüedad, en el que nos explica los catasterismos o conversión o transformación de dioses, seres heroicos, hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas, en constelaciones. En los versos  96-136 nos describe la constelación de la Virgen, que es la Justicia, que habitó entre los hombres en los tiempos honrosos y escapó al cielo a la vista de las maldades de los hombres, que no dejaban de ser progresivas. Nos dice Arato:

«Bajo los pies del Boyero (una constelación) puedes observar a la Virgen (la constelación de Virgo del zodiaco), que sostiene en la mano una espiga floreciente. … antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente».

Naturalmente esto ocurría en la edad de oro; luego con la edad de plata empeora la relación aunque todavía se mantiene en parte, con la de bronce, material con el que los hombres fueron «los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos…»,  «la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo». Arato no imaginó na edad peor que la del bronce pero otros poetas conocieron después ‘la edad de hierro’, todavía más dura y violenta y recientemente nos vemos obligados a temer otra todavía peor, la de las armas de destrucción masiva, la de los misiles nucleares.

En resumen, la Justicia huyó al cielo asqueada de las maldades de los hombres. Solo en contadas ocasiones baja a la tierra a dar nuevos ánimos a las buenas personas que de vez en cuando aparecen y se atreven a levantar la cabeza. Así fue por ejemplo cuando nuestros maestros los griegos de Atenas, a los que tanto debemos, inventaron la democracia. Como duró poco, la Justicia huyó de nuevo a los cielos. Desde entonces ha vuelto en contadas ocasiones.

A nuestro país, a España, regresó sin duda cuando hace 50 años murió el dictador Franco y hace 47 los ciudadanos aprobaron unas normas y leyes que proclamaban derechos, libertades, justicia y bienestar para todos. Pero desde entonces algunas cosas han ido empeorando y no hace tanto voló de nuevo al cielo y esta vez no lo hizo sola. Algunos hombres, especialmente algunos europeos como el francés Montesquieu, que vivió de1689 a 1755, habían pensado que dado que la sociedad de los hombres es muy compleja, si unos fueran los que hacen las leyes, otros los que gobiernan de acuerdo con ellas y otros los que corrigen a los ciudadanos que no las cumplen, ninguno tendría todo el poder, se equilibrarían unos con otros y todos viviríamos en paz y más felices. Desde entonces algunas naciones y algunos hombres han trabajado para mantener ese reparto del poder que los juristas etiquetan como legislativo, ejecutivo y judicial. Si se respeta el reparto suele darse una época de tranquilidad, de buen gobierno, de bonanza mejor repartida; si alguno de los poderes y su grupo ocupa espacios que no le corresponden, surgen los problemas, los abusos de unos u otros, las disensiones, las confrontaciones y los enfrentamientos, que en el peor de los casos ahora ya no son con armas de bronce o de hierro sino con armas mucho más poderosas, con misiles explosivos muy destructivos e incluso con bombas nucleares con capacidad para borrar a la humanidad de la faz de la tierra. Cada día es más difícil, pues, que la Justicia vuelva a habitar entre nosotros.

Incluso sin llegar a esos momentos de extrema gravedad, esta Justicia, la Virgen Dike como la llamaban nuestros queridos griegos, en su último viaje a nuestro país se ha sentido muy molesta y afectada. Aquí se encontró circunstancialmente, digamos que en Madrid pero podría haber sido en cualquier otro sitio, con Montesquieu, que vino una vez más y no pierde ocasión de explicar su teoría a los ciudadanos. Observaron juntos y  desolados cómo en muchas ocasiones en los últimos años el poder ejecutivo intenta controlar absolutamente al legislativo e influir en el judicial y su composición, cómo el legislativo fuerza la aritmética de los votos parlamentarios con sumas de difícil explicación y amparado en su impunidad critica más allá de lo razonable a los otros dos, cómo el legislativo, que debía ser absolutamente independiente y sacrosanto, se manifiesta públicamene, revestido de sus togas, medallas e ínfulas, contra el mero anuncio de posibles leyes todavía inexistentes que no son del agrado de unos cuantos, o fabrica procedimientos burocrático-judiciales de nula o endeble justificación contra detentadores del poder ejecutivo que no les agradan, (todavía no se ha atrevido a hacerlo directamente con el legislativo), o hacen públicas condenas de autoridades esenciales sin hacer pública el resto de la sentencia que justifica la condena. En la fecha en que escribo este artículo han pasado más de 17 días desde que el Tribunal Supremo condenó al Fiscal General del Estado sin que nos hayan contado al resto de ciudadanos por qué y cuáles son las causas evidentes de su delito, lo que desde luego es una clara ‘anomalía’ por ser suaves en el calificativo, porque si le diera su sentido etimológico primitivo sería una ‘ilegalidad’, porque el término griego ‘nomos’ significa precisamente ‘ley’.

Dike y Montesquieu coinciden en que las cosas no van bien y que es muy difícil vivir entre nosotros, así que han decidido de común acuerdo volar de nuevo al cielo, no sin antes dar buenos consejos a los ciudadanos para que cambien las cosas a mejor y puedan retornar alguna vez. Es cierto que algunos, muchos ciudadanos, les escuchan con esperanza porque saben que la mayoría de hombres justos podría tener la solución con su participación democrática en las sucesivas elecciones que todavía se mantienen, pero ven también con desesperación que irresponsables ejecutivos, legislativos y judiciales malean cuanto pueden la información con lo que hoy en el lenguaje del imperio se llama fake news y que en nuestro español claro y simple son  peligrosas mentiras.

No piensen los lectores que reparto por igual las culpas entre los injustos actores de los tres poderes. Como nos enseñó el filósofo griego más famoso, Platón, «la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo» (La República, 361a). Todos debemos ser justos, claro está. Tal vez estaría Platón pensando en los jueces, que revestidos de sus togas, collares y medallas, en algunos países de llamativas e incomprensibles pelucas, impresionan en su apariencia y de los que no nos podemos permitir dudar ni suponerles ninguna debilidad. Sin duda son los ciudadanos más injustos los jueces que parecen justos sin serlo. ¿Cuántos son así? Ojalá sean pocos, aunque su capacidad de influir sea mucha.Todavía quedan ingenuos, tal vez yo sea uno de ellos, que creen que las cosas pueden mejorar. Precisamente escribo estas líneas al día siguiente de conmemorarse y celebrarse cuarenta y siete años de la aprobación de nuestra Constitución, la más larga y mejor de nuestra historia, la que acabó con el poder del gobernante dictador porque sanciona que el poder está en el pueblo  y en nadie más.

Las dos Españas le helaron el corazón

Por José María Barreda

Publicado en El País el 6 de diciembre de 2025

La historia de José Castillejo es la historia de aquellos que defienden la moderación y la democracia en tiempos de polarización totalitaria

Hace ochenta años murió en Londres José Castillejo. Alumno predilecto de Francisco Giner de los Ríos, fue clave en la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) de la que fue secretario desde 1907 a 1934. También tuvo un papel destacado en la célebre Residencia de Estudiantes y en el conjunto de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Reformista liberal, confiaba utópicamente en el poder transformador de la educación. Ramón Carande le llamó “el último vástago de la Ilustración”. Cuando estalló la guerra y desapareció toda posibilidad de un poder moderado, limitado por la ley, quedó desamparado, pues ninguno de los dos bandos le reconocía de los suyos. De hecho, por utilizar la terminología unamuniana, le quisieron matar los hunos y los hotros.

En el torbellino de adhesiones inquebrantables a la revolución o a la santa intransigencia, quienes no comulgaban con las ruedas de molino de ninguna facción eran empujados a la hoguera, como el Dios del Apocalipsis arrojaba a los tibios de su boca.

Aunque Castillejo siempre se mantuvo en un discreto segundo plano, según Ramón y Cajal, Cossío, Jiménez Fraud y demás nombres conocidos de la ILE, ni la Junta ni la Residencia de Estudiantes hubieran podido funcionar sin su eficaz administración y su capacidad negociadora.

Este discreto anonimato no fue óbice para que en 1938 Joaquín de Entrambasaguas le llamara “forajido” en un libro publicado por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS. Al año siguiente, Enrique Suñer, presidente del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, le calificó como “el hombre más funesto nacido en España”. Ambos le acusaban de ser, como miembro destacado de la ILE, “el origen de la catástrofe actual” (se refieren a la guerra) y “responsable de esta serie de espeluznantes dramas” generados por los “llamados a sí mismos, pedantescamente, intelectuales”.

Por supuesto, si no se hubiera marchado de España, los vencedores de la guerra le hubieran fusilado sin titubear. Como estuvo a punto de sucederle en 1936, en esa ocasión por las armas de milicianos de la federación de enseñanza de la UGT.

El 18 de julio, Castillejo estaba en Ginebra y volvió a Madrid para ponerse a disposición del Gobierno republicano. Para entonces, como escribió más tarde, “la débil sombra del Gobierno, que había sobrevivido a la dura prueba de los cinco meses precedentes, ya se había esfumado”. Se refería al “fuego cruzado de la primavera del 36”, por utilizar un título de Fernando del Rey. Una vez que estalló la guerra, el Gobierno, como le dijo el ministro de Instrucción Pública, dejó de controlar la situación.

Al llegar a Madrid le informaron de que su nombre figuraba en una lista de “fusilables” publicada por el diario caballerista Claridad. Cuando Castillejo se encomendó al ministro de Instrucción Pública, Francisco Barnés, militante de UGT y ex colaborador del Instituto-Escuela, este le confesó su impotencia para garantizarle la vida y le recomendó que saliera de España enseguida pues “no quiero su muerte en mi conciencia”.

Antes de que pudiera salir del país, se presentaron en su casa cuatro hombres armados con la intención de darle “el paseo”. Se trataba de profesores, conocidos suyos, convertidos en justicieros revolucionarios. Felizmente, la intervención de Barnés y de Ramón Menéndez Pidal evitó su ejecución.

Esos días de tensión y miedo dejaron huella. Cuando por fin llegó a Londres, su mujer encontró “un hombre viejo, de hombros encorvados y ojos atemorizados”, que solo pudo decir: “Quisieron matarme”. En su libro de memorias, Respaldada por el viento, su viuda, Irene Claremont, escribió que después de aquella experiencia nunca recuperó su vitalidad.

¿Pero quién era José Castillejo para suscitar tanto odio de tirios y troyanos?

Un pacífico catedrático de Derecho Romano fascinado por la educación inglesa hasta casi la caricatura. Un pedagogo reformista que soñaba con modernizar España mejorando y expandiendo una buena educación por todo el país, preparando una minoría selecta que, desde la Institución Libre de Enseñanza, mejoraría la ciencia y llevaría buenos profesores por toda la geografía nacional. Un regeneracionista bien intencionado, embarcado en una “misión pedagógica” permanente.

Castillejo, como Ortega —“España es el problema, Europa la solución”— consideraba de vital importancia las pensiones en el extranjero para que el espíritu y la perspectiva de los jóvenes se ensanchara y, en palabras de Antonio Machado, dejaran de despreciar cuanto ignoraban, provocando, como recogían los objetivos de la Junta, “una corriente de comunicación científica y pedagógica con el extranjero”.

Pero los guardianes de las esencias, como en tiempos de Felipe II, veían con temor la contaminación de las ideas que circulaban más allá de los Pirineos. Enrique Suñer, el gran depurador, describió en 1940 a la ILE como Una poderosa fuerza secreta y lamentaba que “conforme aumentaba el volumen de becarios y de los pensionados, crecía el de los indiferentes en materia religiosa y el de los perturbadores del orden y del Estado”.

En definitiva, los fascistas reprochaban a Castillejo ser un agente “descatolizador” y un elemento contaminante de su idea de patria, germen de la revolución.

Los socialistas, por su lado, le consideraban un burgués elitista, un reformista contrario a subvertir el orden violentamente. En efecto, Castillejo, como Giner, abominaba de la revolución y consideraba que era consecuencia de la impotencia del diálogo, de la moderación y la tolerancia; en definitiva, un fracaso de la democracia.

Para Castillejo, la evolución de la política española y el contexto internacional hicieron que la democracia liberal fracasara. Según él, la polarización extrema explica por qué “millones de españoles lucharon contra el comunismo, aunque solo una pequeña minoría de entre ellos fueran fascistas, y por qué otros tantos lucharon contra el fascismo, aunque solo unos pocos de ellos fueran realmente comunistas”.

Tras la proclamación de la República mantuvo una postura crítica en sus colaboraciones en El Sol que, aunque eran constructivas, le granjearon la animadversión de los fanáticos. Castillejo fue coherente con el papel que atribuía a los intelectuales en una democracia: “Controlar las pasiones públicas, rectificar los dogmas de partido, apoyar con la discusión libre y la diversidad de ideas y oponer la verdad innegociable a la propaganda tendenciosa, pero solo pueden hacerlo si no están al servicio de un grupo y no tienen que halagar a los electores o a los líderes”.

Ejercer su libertad le costó la incomprensión, y la animadversión, de unos y otros. En 1936 quisieron fusilarle los milicianos y en 1939 lo hubieran hecho los franquistas si no llega a exiliarse.

En su ensayo Democracias destronadas, observando cómo en los años treinta las democracias se hundían, escribió que, cuando la república democrática se derrumbó, España libró una guerra civil entre las dos alternativas que se le ofrecían: “Medio país pensaba que el gran enemigo de la libertad era el comunismo, mientras que la otra mitad creía que era el fascismo”.

En la posguerra —esa situación incierta que no es equivalente a la paz— vencedores y vencidos le condenaron a una especie de damnatio memoriae. Los primeros por verdadera persecución ideológica, los segundos sencillamente porque no había militado en sus filas y osó ser crítico.

En el esfuerzo por recuperar la memoria democrática, es importante rescatar figuras como la de Castillejo, uno de los “españolitos” en los que se cumplió la profecía de Machado, pues forma parte de la pedagogía necesaria de la tolerancia y la libertad.

Castillejo recordó que el término “liberal” fue inventado en España a comienzos del siglo XIX definiéndose por oposición a su antónimo: “Servil”. Lo que él nunca fue.

Bellido reivindica el trabajo de “los intelectuales que han contado la historia reciente de nuestro país frente a las miradas revisionistas y manipuladoras”

Publicado en la web de las Cortes de Castilla-La Mancha el 17 de noviembre de 2025

El presidente de las Cortes Regionales, Pablo Bellido, ha entregado este lunes un premio de la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha al periodista y escritor seguntino José Esteban, una ocasión que ha aprovechado para reivindicar la labor de “los intelectuales y cronistas que han contado la historia reciente de nuestro país, frente a las miradas revisionistas y manipuladoras” que contribuyen a deformar el pasado reciente.

“Este homenaje de la Academia a Esteban es muy merecido porque reconoce a una persona que ha tenido una producción muy interesante y una gran aportación a nuestra sociedad desde los años de la posguerra, asumiendo riesgos personales en la dictadura, hasta hace muy poco”, ha subrayado Bellido en referencia a la obra del galardonado por la Academia.

“Es un ejercicio de justicia y de fortalecimiento de la democracia que ratifiquemos y valoremos el trabajo y el sacrificio de estos intelectuales”, ha asegurado el presidente de las Cortes Regionales, porque “nos evitaría caer en planteamientos muy equivocados” que alimentan dos corrientes opuestas entre sí, pero que también atacan los fundamentos de nuestro sistema: “unos añoran el tiempo pasado del Franquismo, bien porque vivían mejor que el resto, bien porque no lo conocen bien y beben de fuentes muy contaminadas; y otros reniegan del trabajo de la Transición, que aunque como todo pudo ser mejorable, desde luego resulta un ejemplo en el modo en que la izquierda cedió pero hizo a su vez posible la llegada de la democracia”.

El acto clausurado por Bellido en el Centro San José de Guadalajara ha contado también con las intervenciones del presidente y del vicepresidente de la Academia, el exrector Luis Arroyo y el expresidente de las Cortes regionales Antonio Marco, así como de Alfonso González-Calero, quien ha leído una ‘laudatio’ trazada junto con Isidro Sánchez, su compañero de la sección cultural de la Academia, entidad que nació hace apenas tres años.

GALERIA DE IMÁGENES

Cuenca ha perdido muchísimo patrimonio en toda su historia

Por C. Moral. Publicado en La Tribuna de Cuenca el 25 de noviembre de 2025.

El historiador del Arte, Pedro Miguel Ibáñez, recibió ayer en Cuenca el Premio a la Labor Investigadora de la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha.

Desde muy niño, Pedro Miguel Ibáñez sentía que el arte lo acompañaba. Salía del colegio Ramón y Cajal, junto al parque de San Julián, y con ocho o nueve años se detenía ante el escaparate del kiosco del Niño, donde permanecía «absorto», embelesado por la caja de acuarelas que allí veía. Su gran frustración, confiesa a La Tribuna, fue no haber podido dedicarse a la pintura, pero aquel impulso temprano dejó una huella que nunca desapareció y que dio origen a una vocación que lleva consigo «desde muy, muy niño».

Ibáñez recibió ayer el Premio a la Labor Investigadora de la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha, un reconocimiento especialmente valioso que confirma que su obra encuentra eco en una institución compuesta por profesores universitarios y especialistas de alto nivel. «No se trata de una actividad visible ni frecuente en los medios. Saber que esa labor recibe atención pública es profundamente reconfortante», admite el premiado.

Trayectoria. Al echar la vista atrás y reflexionar sobre sus 40 años de trabajo, se da cuenta de que cada uno de sus proyectos, desde los libros hasta los artículos en revistas especializadas o las colaboraciones en volúmenes colectivos, forma parte de una biografía paralela. A lo largo de su carrera, ha publicado alrededor de 160 títulos. Sin embargo, para él lo importante no es la cantidad, sino la calidad de su trabajo. Pedro Miguel Ibáñez no duda en señalar las graves pérdidas que ha sufrido el patrimonio conquense a lo largo de los siglos. «Cuenca ha perdido muchísimo», afirma. Uno de los ejemplos más lamentables es, a su juicio, la destrucción del puente de San Pablo, un icono de la ciudad que, tras sufrir daños en algunos de sus arcos, fue finalmente dinamitado. Esta decisión, según Ibáñez, fue un «disparate». También recuerda con pesar la demolición de una de las fachadas gótico-barrocas de la Catedral y subraya que estos episodios dejaron una huella profunda. Ibáñez recuerda la importancia de preservar lo que queda para el futuro.

 

REVIVE EL EVENTO: LA INTERNACIONALIZACIÓN DEL SECTOR AGROALIMENTARIO EN CASTILLA LA MANCHA

El pasado 1 de abril de 2025, en el Teatrillo de San Pedro Mártir de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo (UCLM), tuvo lugar el evento “La internacionalización del sector agroalimentario en Castilla-La Mancha: nuevos retos y oportunidades”, organizado por la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha.

Hoy tenemos el placer de compartir contigo los vídeos de las distintas ponencias y mesas redondas para que puedas revivir las ideas, reflexiones y propuestas que se debatieron en esa jornada.

Programa del evento

El evento abordó temas de gran relevancia para el sector agroalimentario de la región, con un programa diverso que incluyó:

  • Inauguración institucional
    Intervenciones de Juan Ignacio de Mesa Ruiz (Vicepresidente de la Academia), Rosario Gandoy Juste (Presidenta de la sección de economía), Alberto Sanz Díaz-Palacios (Decano de la Facultad) y Fátima Guadamillas Gómez (Directora académica).

  • “Los efectos de la situación geopolítica actual sobre el sector agroalimentario”
    A cargo de Pedro Morejón, Director del ICEX de Castilla-La Mancha.

  • Mesa de experiencias empresariales: retos y oportunidades
    Con representantes de empresas y organizaciones del sector:

    • Ester Pinuaga (Bodegas Pinuaga)

    • Rubén España (Embutidos España)

    • Azucena Cuesta (De Raza Ibérica)

    • Nieves Caro Ramos (Responsable de Promoción de Alimentos, IPEX)
      Moderada por Fátima Guadamillas Gómez.

    • https://youtu.be/ers_j-_lBRE
  • Estrategias para atraer y retener talento en el ámbito de la internacionalización
    Participaron Amarildo Zane (UCLM), Fernando Campoy (Cervezas Domus), Fernando Lallana (consultor en RRHH), Conchi Villegas y Naira Santos (IPEX). Moderadora: Fátima Guadamillas.

PREMIO DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE EXPERTOS CIENTÍFICOS EN TURISMO (AECIT) A LA TRAYECTORIA ACADÉMICA EN TURISMO DE AGUEDA ESTEBAN TALAYA

Nuestra compañera académica de la Sección de Economía y Empresa, Águeda Estaban Talaya, ha recibido el Premio a la trayectoria académica en Turismo, concedido por la Asociación Española de Expertos Científicos en Turismo (AECIT).  El premio se entregó durante la celebración del XXIV congreso de AECIT, celebrado los días 25 y 26 de septiembre de 2025, en Palma de Mallorca, en el seno de la Universitat de les Illes Balears (UIB). AECIT es una entidad que agrupa a investigadores, académicos y profesionales del ámbito del turismo en España. Su principal objetivo es fomentar el desarrollo y la difusión del conocimiento científico en el sector turístico, promoviendo la investigación, la innovación y la transferencia de conocimiento entre la academia, las empresas y las administraciones públicas.

En la imagen, entrega del premio por Marga Prohens, presidenta del Govern de les Illes Balears.

Francisco García Martín y Antonio Casado Poyales: dos historiadores comprometidos

Por Alfonso González-Calero e Isidoro Sánchez Sánchez

Publicado en ABC Toledo el 26 de agosto de 2025

Tanto Francisco García Martín (Villacañas, 1959), como Antonio Casado Poyales (Toledo 1968), fueron, además de sus respectivas profesiones y capacidades, dos personas comprometidas con su ciudad, con su territorio, y con la Historia y el progreso de ambos.

Y lo fueron no sólo con sus opiniones, con sus aportaciones, sino con su militancia activa en cuantas causas entendieron justas para la mejora de Toledo, de la ciudad, de la provincia y aún de la Región y del mundo.

Francisco García Martín colaboraba desde hacía mucho tiempo a la difusión del patrimonio histórico-artístico toledano y a la denuncia de cualquier agresión o desprecio al mismo; lo hacía con su nombre o con el seudónimo de ‘Epicaris’ desde diversos medios, de manera siempre rigurosa y argumentada, nunca gratuita.

Además de ello era miembro de la Asociación Museo de Santa Cruz vivo, (y de su junta directiva) y de la que más recientemente se constituyó para investigar y defender la pervivencia de los conventos (Amigos de los conventos de Toledo). Fue miembro, al igual que Antonio Casado, de la RABACHT.

Pertenecía igualmente al Consejo de Participación del Casco Histórico, y al grupo Toledo. Sociedad, Patrimonio y Cultura

En otro orden de cosas era miembro activo de Amnistía Internacional y en tiempos anteriores había sido integrante comprometido de la Coordinadora de ongs por el desarrollo y de la campaña para lograr la aportación del 0,7% del PIB a la cooperación internacional con los países más pobres.

Antonio Casado Poyales, por su parte, además de pertenecer, como decía antes, a la RABACHT, de la que había sido recientemente elegido secretario, fue durante mucho tiempo miembro activo de la Asociación Profesional de Archiveros, Bibliotecarios, Arqueólogos, Museólogos y Documentalistas (ANABAD) de Castilla-La Mancha, de la que fue presidente y secretario regional.

Pertenecía asimismo a la Cofradía Internacional de Investigadores, a la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos y era integrante de la asociación cultural Urbs Regia.

También era miembro del Ateneo de Toledo, y de la Asociación de Usuarios del Tren de Toledo, y como tal intervino activamente en los posicionamientos de ésta con respecto a las posibles opciones del nuevo trazado y la nueva estación del AVE. Antonio pertenecía también a la Plataforma por Toledo, en la cual moderaba el grupo denominado ‘En defensa del patrimonio histórico, artístico y natural de Toledo’.

Como vemos, ambos no se limitaban a sus trabajos de investigación, con ser estos cuantiosos e importantes, sino que estaban muy directamente implicados en los debates sobre el presente y el futuro de la ciudad. Creo que ello, unido a sus cualidades humanas, les hacía ser queridos y reconocidos por multitud de personas. Descansen ambos, Paco y Antonio, en paz. Y quede el consuelo para sus familias de que sus vidas fueron útiles y fructíferas. Esperemos que su recuerdo nos ayude a mejorar.