Retos para la UCLM

Ya se sabrá a estas alturas quien será Rector de la Universidad durante los próximos cuatro años, por lo que seguramente puedan ser útiles para todos algunas reflexiones sobre los retos que afronta la Universidad.Una primera consideración debe referirse a la docencia. Por fortuna, el primer rector, Isidro Ramos, dejó sembrado desde su visionario discurso inaugural de 1985 en los profesores y técnicos de la primera generación un innovador catálogo de ideas y técnicas. Bien cultivadas a lo largo de los años posteriores nos han dotado de la tecnología y las habilidades necesarias para que, junto a un extraordinario esfuerzo de los servicios informáticos y de su dirección, hayamos podido pasar en cuatro días de la enseñanza presencial a la digital, lo que ha sido un verdadero récord nacional. Lo que hemos aprendido de esa necesidad hay que convertirlo ahora en virtud. Se abren grandes oportunidades para enriquecer y acompañar la enseñanza presencial y, sobre todo, para organizar los cursos de especialización y de formación permanente, así como para dar una plataforma regional a la labor del profesor individual esté donde esté. Por la misma razón se debe dar un salto en la importante tarea de la extensión cultural de la Universidad, pues la tecnología hace posible enriquecer la acción que tiene lugar en un campus con la desarrollada en todos los demás y permite una comunicación audiovisual e interactiva a nivel regional para lo académico y cultural.

Será imprescindible cambiar muchas cosas en la gestión económica. Impera hoy un sistema de control extremado del gasto, absurdo y paralizante, que impuso el ministro Montoro para “compensar” los escándalos de la época. Si el sistema es malo para las administraciones ordinarias, resulta letal en todo el sistema de I+D, tanto para el CSIC como para las Universidades. Estas tienen que impulsar su reforma por el Gobierno central, pero también hay que innovar en las universidades internamente y no dejar las interpretaciones de la Ley en cada funcionario aislado, pues el proceso tiende a que el mejor gasto sea el que no se hace.

Para todo será fundamental captar lo difícil que va a ser la vida económica y presupuestaria de los años venideros, lo que debe estimular nuestro entendimiento. Es posible que el único camino para hacer frente a la muy insuficiente financiación universitaria -y de todo el sistema I+D- sean los nuevos fondos europeos de la era del Covid, pero se encuentran condicionados a la formulación de proyectos por parte de Universidades junto con empresas. El aprovechamiento de esos fondos requiere iniciativas y nuevas ideas, seducir a las empresas y lograr la complicidad del Gobierno regional. Una gran comisión para el estudio y la preparación de esos proyectos debería ponerse en marcha desde la semana que viene.
Y con ello el último desafío: hay que protocolizar las relaciones entre la UCLM y la Junta de Comunidades, lo cual no es solo cuestión de reglas, sino, sobre todo, de confianza mutua. Es una tarea sobre la que ya nos advirtió Justo Zambrana cuando se hicieron las transferencias: la Junta y la Universidad deben mantener una relación de plena confianza. La Universidad es un organismo adscrito a la Junta, aunque tenga un régimen constitucional de autonomía, pero esta es una autonomía para el mejor desarrollo de la actividad académica, en lo demás es una institución de la Comunidad Autónoma y ambas tienen que estar bien coordinadas, sobre todo ante una crisis como la que sufrimos.

¿Qué pasará el día después?

Hacer predicciones en estos momentos es un reto difícil. La última gran pandemia que se produjo en el mundo fue la generada por la gripe denominada “española” (aunque su origen vino de los movimientos de soldados participantes en la Gran Guerra) de la segunda década del pasado siglo. Produjo 50 millones de muertos, pero su coincidencia con la I Guerra Mundial difuminó sus efectos. Ahora nos encontramos con una “guerra” que no destruye infraestructuras ni fábricas, todo va a estar en pie cuando esto pase, además, su mortalidad puede no llegar ni al 5% de aquella gripe.

¿Cómo se salió de aquella situación? Aumento de la deuda, inflación, problemas de oferta, caída del patrón oro, hundimiento del tejido productivo europeo y surgimiento del de los EE. UU.Y entonces se consolidó la revolución industrial. ¿Qué pasará ahora? Antes de esta pandemia todos estábamos convencidos de que la revolución digital se iba a imponer, la robótica, la tecnología block chain, la inteligencia artificial, la informática cuántica, y que al fin parecía íbamos a actuar para abordar el cambio climático y valorar a las empresas además de por sus resultados financieros, por su gestión socio ambiental y de buen gobierno. Cualquier predicción previa a la pandemia, vaticinaba un mundo distinto en el que los cambios nos abocaban a un mundo diferente. La comparación era simple, piensen que oficios eran los de sus abuelos, piensen los que Uds. tienen ahora e imagínense un futuro en el que el 90% de los oficios no tendrán nada que ver con los actuales.

De golpe nos encontramos que el sector primario es fundamental ya que la recolección del campo y la ganadería de proximidad es imprescindible para que podamos comer; que lo positivo de la globalización tiene su parte negativa al haber desplazado gran parte de los suministros esenciales a países ajenos con distancias y modelos diferentes que condicionan el suministro de bienes imprescindibles para mantener las cadenas de producción o el consumo finalista; que el desprecio por la ciencia y la cultura hace que dependamos de terceros para poder luchar contra este virus, que por muy desconocido que nos sea, no dejaba de estar anunciado desde tiempo atrás como un escenario posible; que echamos de menos ese comercio de proximidad que nos hubiera abastecido en estos días y que se han cargado los grandes centros comerciales.

Y a los llamados “países desarrollados” nos ha sorprendido la situación sin tener un Plan de Contingencias y miedo me da lo que puede pasar en países en vía de desarrollo. La mortandad será horrible y, mientras no se encuentre la vacuna, la guadaña de la muerte se ceñirá sobre toda la humanidad durante meses limitando su capacidad de reacción.

¿Y que va a pasar con la economía? Cierto es que todos los esfuerzos se deben dirigir a luchar contra la pandemia, pero la situación ha puesto de manifiesto nuestros puntos débiles, una estructura sanitaria insuficientemente dotada de medios materiales y humanos, y no vale decir quién tiene la culpa, la solución la tiene que dar el que gobierna. Una estructura científica mal dotada y considerada a la que, como si fuera la panacea universal, se la dota, ahora, con 30 millones para la investigación contra el coronavirus. Un sistema educativo sin preparación para poder atender a los alumnos en un modelo no presencial. Una red de conexión a internet insuficiente, por mucho que se nos llene la boca diciendo que tenemos más km. de fibra óptica tendidos que cualquier país europeo, por lo que el teletrabajo y la educación a distancia se hace inviable para cientos de miles de españoles. Y lo que es peor, un volumen de deuda pública que limita mucho nuestro acceso a los mercados para obtener financiación y que nos obliga a mendigar en Europa el aval suficiente para poder disponer de liquidez para resolver lo que se nos viene encima.

Sin entrar a juzgar si podíamos haber previsto esta situación, o si se han tomado las medidas adecuadas para limitar sus efectos, voy a intentar dar mi opinión sobre la que se nos viene encima y como limitar el daño irreparable que esta pandemia va a suponer para la economía de todos los españoles y, en mayor o menor medida, para todos los habitantes del planeta.

Hasta ahora se daba por sentado que el incremento del PIB generaba, año tras año, una mejor situación de toda la población. Podía haber problemas de redistribución de renta, pero se establecía una relación entre aumento de riqueza y mejores condiciones de vida de la población. Si tomamos el año 2000 como base, y comparamos con el año 2018, España ha aumentado su PIB per cápita en un 206%, Francia en un 185% e Italia en un 171%. Cierto que partíamos de peor situación, pero, en líneas generales, no hemos hecho mal la tarea. La crisis de 2008 se consiguió sortear mejor de lo esperado a pesar del crack financiero, protagonizado fundamentalmente por las Cajas de Ahorro, debido a su excesiva orientación al sector inmobiliario, mala gestión y alguna práctica más que dudosa. El sector privado logró salir adelante orientando su actividad a la exportación y mejorando su eficiencia. Esto permitió un incremento de la recaudación de tributos del Estado, año tras año, demostrando que, a mayor actividad económica, más ingresos y mayor capacidad del Estado para proceder a redistribuir la renta disponible entre la población mediante el gasto público necesario para ello.

Pero ahora ¿cómo estamos? La necesidad de mantener el confinamiento en nuestras casas, el cierre de fronteras, y la no actividad de múltiples sectores, está generando una crisis de oferta brutal al no generarse bienes y servicios, crisis de oferta a la que se une otra de demanda al no poder acceder gran parte de la población a la adquisición de bienes y servicios nada más que los indispensables o a aquellos que les puedan servir a domicilio. Y en esta situación, son decenas de miles de autónomos y PYMES que tiene que atender gastos fijos sin obtener ingreso alguno, y también cientos de miles de ciudadanos que carecen de ingresos y que ven su puesto de trabajo, no ya peligrar, sino claramente perdido.

Sin ser catastrofista, tenemos un escenario que ya vaticina una caída importante del PIB, que algunos analistas estiman aumenta en un 1% por cada semana adicional que pase sin recuperar la actividad económica en su totalidad. A estas alturas estaríamos asumiendo una caída mínima del 8%, lo que implica que todos vamos a disponer de un 8% menos de renta, pero esto no se va a distribuir de forma regular, habrá un aumento de familias en situación de pobreza y gran parte de la sociedad tendrá que replantearse su situación.

Ante esto hay varios escenarios, el primero parte de atender, como es obvio, a todos los afectados por el contagio del coronavirus, así como tomar todas las medidas sanitarias que limiten su extensión. También hay que establecer medios para que todas las familias puedan tener atendidas sus necesidades básicas.

Pero ahora viene la pregunta del millón ¿quién paga esto? Es evidente que ha de ser el Estado como garante final del bienestar de todos lo ciudadanos, pero el Estado no es un ente abstracto que dispone de dinero de forma ilimitada. Todo gasto público se puede atender gracias a los tributos que pagamos todos los contribuyentes. España no tiene materias primas ilimitadas ni recursos energéticos que le otorguen una balanza de pagos con un superávit tal que pueda atender todas las necesidades de sus ciudadanos sin que estos trabajen, generen riqueza y paguen impuestos. Luego, si se hace necesario atender con recursos públicos las necesidades de la población y habrá menos ingresos tributarios al caer la actividad, ¿qué escenario vamos a tener? Un incremento del déficit público muy importante, que habrá que cubrir emitiendo deuda pública y colocándola en el mercado a unos tipos de interés asumibles. Y lo tenemos que hacer en un momento en que ya el endeudamiento público de España es significativo y que se hace necesario que los inversores confíen en España y aquí hay que decir que confíen en nuestro Gobierno (recordemos el ejemplo Griego de hace unos diez años para ver el peligro de jugar con otras cartas). Por eso es tan importante que prioricemos y centremos el uso de recursos allí donde decidamos es prioritario; que tengamos en cuenta las necesidades y cargas que generamos para generaciones actuales y futuras; y que nuestros socios europeos nos apoyen, por eso es bueno que ya se hayan liberado los millones del Fondo que Europa tiene para casos de este tipo, a pesar de la oposición, que, en un principio, manifestaron Holanda y Alemania.

Pero, ojo, este dinero hay que devolverlo, no es una subvención, esto implica que, a futuro, en los Presupuestos Públicos habrá una partida significativa para el pago de intereses de la deuda y para la amortización de esta, partida que habrá que ver como se dota, ¿qué otras partidas se recortarán? Porque no va a haber aumento de ingresos si no se mantiene el tejido productivo, si las decenas de miles de autónomos y PYMES que van a desaparecer con esta crisis no encuentran alternativas para volver a la actividad o si los hipotéticos dos millones de trabajadores que se estiman van a aumentar las cifras del paro, no encuentran empleo.

La actividad económica, tanto por la vía de la oferta, al tener menos empresas, como por la vía de la demanda, al tener menos renta disponible los ciudadanos, se verá afectada y habrá menos recaudación de tributos y, por lo tanto, menos opciones para poder seguir atendiendo el gasto público. Y miedo da pensar qué tipo de políticas se puedan plantear ante esta situación.

Vemos que el modelo de Estado del Bienestar que surgió en Europa después de la II Guerra Mundial y que ha sido un ejemplo durante estás décadas, puede estar en crisis si no se buscan soluciones conjuntas. Esta crisis va a adelantar en lustros lo que ya se vaticinaba como cambio de modelo. Estas semanas de confinamiento nos han demostrado que se puede producir un cambio de valores por estricta necesidad. Hasta qué extremo hemos eliminado lo superfluo de nuestras vidas y hasta cuánto echamos de menos cosas tan elementales como poder dar un abrazo a nuestros familiares o estar con nuestros amigos. Valores y bienes inmateriales que valen mucho más que cualquier otra cosa. ¿Perderemos como objetivo el mejorar nuestro nivel de vida? ¿Se dejará de lado el aumento del PIB? ¿Exigiremos a nuestros gobernantes que dejen de ser cortoplacistas y que inviertan en Educación, Ciencia, Cultura y medio ambiente? ¿Se imaginan Uds. lo que habría sido esta Pandemia si se hubieran tenido científicos, laboratorios y medios para enfrentarse con ella desde el origen? Se que todos queremos y aspiramos a vivir mejor, pero también esta crisis nos ha demostrado que quién más ha ganado con ella (aparte algunos aprovechados, que espero salgan a la luz) ha sido la propia naturaleza, con menos contaminación, volviendo especies naturales a un entorno que el hombre les había arrebatado.

Quizás debamos pensar seriamente que esta pandemia ha sido una llamada de atención para que la humanidad se tome en serio que la superpoblación y el esquilmar los recursos naturales es más peligroso que lo que un puñetero virus nos ha enseñado. Y mientras tanto ¿qué hacemos? Una cuestión que aprendí en la Facultad y luego en Milicias y que he experimentado a lo largo de mi vida, es que hay que tener una estrategia y táctica para alcanzarla. Saber cuándo, por dónde y cómo alcanzar un objetivo, se hace fundamental en estas situaciones. Y el mejor consejo es que cada uno nos hagamos esta pregunta en nuestro entorno. En qué podemos utilizar nuestro tiempo en estos momentos de confinamiento: ¿puedo colaborar en algo para mejorar la situación de mis vecinos? ¿en qué escenario voy a estar cuando termine el confinamiento? ¿Estará abierta mi empresa? ¿tendré trabajo? ¿puedo unirme con algunos compañeros para poner en marcha aquel proyecto que, por loco que fuera, hoy a lo mejor es posible? Y que quiero hacer cuando esto termine. Todo, menos esperar a ver qué hacen los demás por mí. A todos nos pilló esta situación por sorpresa, que al menos esto nos sirva para estar atentos ante lo que el nuevo horizonte nos plantea. Por años y experiencia, se que debo procurar hacer todo lo que esté en mi mano para luchar contra cualquier adversidad, todo, menos quedarme quieto esperando a ver que pasa. Así que ya saben, el peor error que pueden cometer es no hacer nada. Actuemos y hagamos lo posible para que la reconstrucción de nuestra economía que tenemos por delante aborde retos que sabíamos teníamos que abordar y que al menos los esfuerzos que nos esperan nos permitan afrontar el futuro mejor preparados para nuevas situaciones complicadas.

Un abrazo virtual hasta que nos lo podamos dar después de este confinamiento.

Universidad: explicar lo que hacemos.

A tenor de algunas reacciones, lo que más me sigue sorprendiendo es la dificultad que tiene la sociedad, de la base y de las alturas, para entender lo que hacen los enseñantes, tanto en la escuela, como el Instituto o en la Universidad. Es una incapacidad que muestran incluso sí han pasado por la propia universidad.La Universidad se fundamenta en la enseñanza y en la investigación y la dedicación de los profesores debe ser a ambas tareas, a salvo de algunas carreras que por ser muy profesionales no requerían históricamente el doctorado y la formación que éste supone. La tarea investigadora en mi campo debe repartirse aproximadamente en un 30-40 por ciento de horas de docencia y un 60-70 por ciento de investigación. La jornada diaria de un profesor investigador no debe bajar de las 10 horas, es decir, de 70-80 a la semana. Esa dedicación no solo es medible, sino que resulta evaluable y así se hace en lo que a la docencia se refiere a través de los planes de calidad, con revisiones cada 3 años, para lo que se toman en cuenta no sólo las horas de clase teórica y práctica sino también la utilización de recursos de aprendizaje y prácticas innovadoras, la realización de actividades docentes y culturales en la propia Universidad o la extensión universitaria, etc. Es ésta una evaluación que se realiza por la propia Universidad y su comisión al respecto y que la superan la inmensa mayoría de los profesores, aunque siempre quedan fuera hasta un 10 por ciento. Naturalmente que esa evaluación se puede mejorar e incrementar.

La parte de la investigación se evalúa muy rigurosamente por comités externos y de nivel nacional, cuyos resultados conocemos como “tramos de investigación”. Un investigador bueno debe acumular cada 6 años un tramo y presupone que un comité nacional bien autónomo y alejado del interés de grupo ha estimado positivamente la actividad plasmada en la investigación publicada, que cómo en el caso de las Ciencias experimentales se controla por la calidad de la revista o editorial de los libros, por el impacto que esas publicaciones comportan o por criterios que sustituyen o complementan a estos en las Ciencias Sociales.  El sistema de control es tan extremado qué recuerdo bien cuando junto con Ernesto Martínez Ataz hacíamos la selección de profesores para nuestra primera Facultad de Medicina y seguíamos la evolución en los puntos de información de la vida científica de los posibles candidatos,  en los que se representaban  no solo en datos sino también en gráfica y mucho me sorprendió cuando mi compañero de fatigas advertía en una gráfica una caída notable que se mantenía unos cuantos meses y me decía: este, o ha caído enfermo, o le han hecho vicerrector, o ha tenido descendencia. Esto último solo se apreciaba curiosamente en mujeres. Así es la cosa. Por cierto no hay creo ningún sector de la administración pública que someta a sus funcionarios a una evaluación cualitativa tan transcendente, pues solo con un cierto número de sexenios se pueden alcanzar las mayores responsabilidades.

Pero deseo precisar que dar clase es, además, prepararlas, incorporar las novedades producidas del año anterior. En esto los penalistas lo tenemos difícil, porque nuestra materia no abandona la primera página de los periódicos y ocupa incluso todo el tiempo en algunos telediarios, que a los antiguos nos recuerdan mucho a “El Caso”.  Ya decía don Miguel de Cervantes: el demonio nunca descansa y todo lo añasca.

Pero además de las clases y la investigación está el que hay que leer mucho. No hay ciencia ni calidad docente sin información, ni amplia cultura. Los periodistas gustan mucho de la pregunta sobre el último libro leído por su víctima, pero a un profesor hay que preguntarle no solo por el último leído en la semana, sino también cuántos otros libros ha acariciado con la mirada en ese periodo. Si el profesor no hace las tres cosas no será un buen profesor. Y sería muy bueno a estas alturas qué el rectorado nos contara con detalle cómo está nuestra productividad científica medida por estas organizaciones internacionales y nacionales, cómo estamos de tramos de investigación, en qué proporción sobre el total de los profesores que pueden acceder a la evaluación y por los sexenios que puedan acumular. De ahí nos saldrá la lista y el ranking de cada cual. Por aproximado que sea, será bueno saberlo y todos los esfuerzos que hagamos por comunicar estas cosas irán en beneficio de la Universidad y del concepto que tengamos todos sobre nosotros mismos.

Y no me voy a olvidar del personal que llamamos de administración de servicios. Es muy variado, pero voy a resaltas dos sectores que pueden ser más comprensibles para los lectores, las bibliotecas y los servicios informáticos. De las primeras impacta a quien con experiencia de la vida llega a la biblioteca y se entera que le pueden proporcionar cualquier libro o revista científica disponible en las bibliotecas universitarias de Europa,además, su asesoramiento a los usuarios es bien notable, despliegan iniciativas de servicio y acciones culturales y encima les someten a la congelación de plantillas y, además les hacen trabajar seis veces más que antes por cada libro que se compra, pues los que quisieron huir de un sistema en el que dirigentes de la administración distraían millones en bolsas de plástico no tuvieron mejor ocurrencia que someter a todas las administracionesa normativas absurdas, sin caer en la cuenta que lo que garantiza que no se produzcan desviaciones es la transparencia y la profesionalidad de los funcionarios. Aún más, los libros tienen precio único. Del servicio de Informática baste con decirles que en una semana han sabido completar el sistema de que se disponía para sustituir una lengua en uso por otra nueva, pero que nos permite aprender con suma facilidad y hace posible soportar la inmersión de toda la Universidad en la era de la conferencia audiovisual en tiempo real y con un uso de la red varias veces más intenso que el tiempo normal, eso sí, a costa de los alumnos, cuyo esfuerzo personal debe incrementarse de modo notable en tiempo de coronavirus.A ver si se animan algunos compañeros de diversos sectores a contar lo que se hace para explicar lo que hacemos.

Las políticas públicas en tiempos de incertidumbre

Es tiempo de volver a la realidad. A medir, a informar a la sociedad con transparencia y claridad de lo que está en juego.

En el mes de abril del año pasado, cuando comenzaba la pesadilla de la pandemia, Paul Collier reflexionó sobre cómo diseñar políticas públicas en tiempos de incertidumbre. El reto ya no era tomar decisiones con información limitada o riesgos mensurables, sino diseñar intervenciones en un mundo en el que ignorábamos las variables que eran relevantes. Mientras que para enfrentar el primer tipo de escenarios la mejor estrategia pasaba por tener mejores diagnósticos, más datos y estrategias de mitigación de los impactos negativos, la única vía posible para vencer nuestra ignorancia radical era el método de prueba y error. Así aprendimos cómo confinar a la sociedad para hacer frente a la propagación del virus, cómo diseñar las desescaladas, cómo vacunar o cómo sostener rentas y empleos. Los políticos no esperaron a que la teoría les mostrara el camino, sino que primero actuaron, y luego nos convencieron de que, en circunstancias extremas, todo lo que se hace es porque se puede hacer.

Esta redefinición de lo que es políticamente posible —el sí se puede— estaba legitimado no solo por las dramáticas urgencias de la pandemia, sino también por la compartida insatisfacción ante la insoportable desigualdad, inseguridad personal y social, guerras culturales y polarización política que había surgido en los años —incluso décadas— anteriores. Todo ello contribuyó al radical cambio de paradigmas económicos que ahora se están haciendo visibles. Recientemente Danny Rodrick ha repasado algunas de las manifestaciones de esta radical mutación: cómo los miedos a la inflación y al déficit se han reemplazado por una preferencia por una economía dopada con generosos estímulos monetarios y fiscales, cómo la competencia por tener los tipos impositivos más bajos ha sido reemplazada por el objetivo de tener un tipo global impositivo mínimo sobre las multinacionales, cómo se han resucitado las políticas industriales, o cómo se ha pasado de hablar de flexibilidad en el mercado de trabajo a promover intervenciones que refuerzan el salario mínimo y el poder negociador de sindicatos y trabajadores. O cómo hoy se asume que es preferible la seguridad estratégica y la globalización limitada a la priorización de la eficiencia mediante la inserción en cadenas de valor globales, por no hablar del giro tectónico frente a las grandes empresas tecnológicas que han pasado de ser la fuente de la innovación y el crecimiento a ser vistas como monopolios que hay que regular y fragmentar.

Ciertamente estamos ante un nuevo mundo, y, felizmente, no hay razón alguna para pensar que el fin de la pandemia nos retrotraerá a todas las viejas reglas y convicciones. “Construir de nuevo mejor” es algo más que un afortunado eslogan, es una necesidad.

Pero para conseguir que cualquier país realmente sea mejor hace falta mucho más que buena voluntad. Exige reformas, inversiones y cambios que, inevitablemente, producen costes, ganadores y perdedores. La experimentación no es la mejor estrategia para conciliar los intereses contrapuestos que inevitablemente acompañarán la transición hacia un mundo más inclusivo y sostenible. Entre otras cosas, porque paulatinamente será más evidente que las decisiones de política pública no solo tienen, en el mejor de los casos, las consecuencias buscadas sino también impactos —algunos previsibles, otros indeseados— que activan potentes restricciones financieras y políticas. Ni en el viejo, ni en el nuevo mundo hay nada gratis.

Probablemente la lucha contra el cambio climático sea el más claro ejemplo de la necesidad de transcender al voluntarismo. Nadie puede hoy sensatamente negar su existencia y sus letales consecuencias. Esa batalla ya está ganada. Ahora, como ha planteado Pisani-Ferry, lo que hace falta es enfrentar con realismo las consecuencias sociales y económicas de los imprescindibles compromisos de descarbonización asumidos por la mayoría de los países. Pretender que la transición será un proceso sin costes y fricciones —incluso si la tecnología nos ayuda— es un mal punto de partida. Ese escenario lo malgastamos posponiendo las medidas que había que haber tomado hace mucho tiempo. Ahora, poner un precio a las emisiones, un recurso que hasta ahora era gratis, nos hemos regalado un shock de oferta que tendrá impactos sobre el crecimiento potencial de la economía, sobre el empleo, las cuentas fiscales y la distribución de la renta. Todos ellos pueden ser manejables, pero negarlos es una receta infalible para que lo que se haga realmente sea poco y tarde. También para que surjan guerras culturales y utopías regresivas que pretendan absorber y soplar al mismo tiempo: mejorar la distribución con menos crecimiento, preservar las libertades y conseguir la armonía universal.

Es tiempo de volver a la realidad. A medir, a informar a la sociedad con transparencia y claridad de lo que está en juego en estos momentos, de los costes que comportan las decisiones posibles y, luego, actuar. En eso, y no solo en sustituir paradigmas, es en lo que posiblemente consista hacer buenas políticas públicas en tiempo de incertidumbre.

Publicado por Jose Juan Ruiz en El País, el 19 de septiembre de 2021

El Estado protector

Los más vulnerables no pueden arriesgarse a que un día les anuncien que se ha hecho el 100% de lo que se pudo.

A finales de los años noventa del pasado siglo, cuando México comenzaba a salir de la Década Pérdida, en Champotón, un pequeño pueblo del Estado de Tabasco, tras el escenario montado en la plaza mayor para despedir al alcalde saliente colgaba una pancarta que solemnemente anunciaba “Se hizo el 100% de lo que se pudo”. Lo que entonces parecía un ingenuo producto de propaganda política, hoy, tras una pandemia que ha contagiado a más de 100 millones de personas, matado a más de dos millones de ciudadanos, y destruidos centenares de miles de empresas y empleos en todo el mundo, resulta una descripción realista de la capacidad de los Estados para contrarrestar los efectos sobre nuestras vidas de los shocks inesperados.

En todo el mundo, las políticas públicas han sido las que han evitado que la catástrofe fuese aún mayor. Sin las medidas de confinamiento adoptadas, sin la coordinación de la investigación sobre las vacunas, sin los estímulos monetarios y fiscales, sin los instrumentos de protección de rentas y empresas, hoy estaríamos peor de lo que estamos. Los errores de predicción —por pesimistas— de los expertos dan la razón a la vicepresidenta económica del Gobierno cuando, en sede parlamentaria, recientemente afirmó que, sin medidas, el PIB español hubiera caído más del doble del 11% efectivamente registrado y que la destrucción de empleo se hubiera multiplicado por cuatro. Duro, pero realista: se hizo lo que había que hacer, y gracias a ello lo peor se ha evitado.”

La necesidad de resituar el papel del Estado en la sociedad y en la economía va a ser otro de los legados disruptivos de la covid. Declaraciones ideológicas del tipo “la sociedad no existe” o “el Gobierno es el problema, no la solución” están tan fuera de lugar como mantener que la tierra es plana.

Hemos aprendido que nuestra salud, nuestra prosperidad, el mantenimiento de nuestra empresa o de nuestro puesto de trabajo, nuestra movilidad y libertades dependen de lo que le ocurre a los demás. La agenda y las prioridades han cambiado, los instrumentos también y con ellos la capacidad del Estado y del mercado para agregar las preferencias sociales.

Definir con realismo lo que el Estado puede y debe hacer es una tarea compleja para la que no hay respuestas técnicas, sino políticas. En general, la historia nos dice que funcionan mejor las soluciones de cooperación que las de hegemonía de uno sobre el otro. A Europa le fue bien cuando acometió su reconstrucción bajo el lema de “con el mercado hasta donde se pueda, con el Estado cuando sea necesario”, y nos ha ido peor cuando nos hemos encelado en el Estado empresario o en experimentos desregulatorios. Sería una oportunidad perdida si, en respuesta a los excesos del pasado o cegados por el temor a lo incierto, tratáramos de convertir al Estado en un ejecutor serial de “proyectos” similares a los que permitieron llegar a la luna: acabar con la pobreza y la desigualdad en el mundo, digitalizar inclusivamente, o descarbonizar la economía.

En primer lugar, porque este relato tropieza con el inconveniente factual de que al frente del proyecto Apolo no estuvo la administración de Estados Unidos, sino la NASA, una agencia que gestionó los recursos públicos que recibió con procedimientos y criterios estrictamente privados. En segundo lugar, porque el Estado ni está diseñado ni tiene la capacidad, por sí mismo, para resolver ninguno de esos problemas. Y viceversa.

Para hacer frente a las fallas del mercado hace falta la capacidad del Estado para gravar impositivamente, subsidiar, regular o cambiar derechos de propiedad. Para resolver las fallas del sector público y su potencial captura hacen falta competencia, transparencia y procedimientos reglados de rendición de cuentas.

En todos los casos, hacen falta mecanismos explícitos de gobernanza y políticas de evaluación rigurosas de los resultados. Para esa alianza público-privada no hace falta reinventar mucho: solo se necesita estar dispuesto a debatir y a consensuar reglas y procedimientos. Y aparcar la persecución de utopías que pueden despistarnos de lo realmente urgente: volver a crecer gracias a las inversiones y las reformas.

La del Estado protector, o la del neo-pobrismo, son distopías. Es decir, la inevitabilidad de resignadamente aceptar que no es posible seguir creciendo porque todo modelo de crecimiento es un juego de suma cero que empeora la distribución o compromete la sostenibilidad del planeta, es una idea ficticia. Especialmente para los más vulnerables. Los que no pueden arriesgarse a que un día les anuncien que se ha hecho el 100% de lo que se pudo.

Publicado en El País el 7 de Febrero de 2021